Nuestro debate político suele plantearse en términos absolutos: o ruptura total (fin de un ciclo para comenzar uno totalmente nuevo), o continuidad maquillada (normalización, continuismo). Pero la experiencia histórica nos muestra, una y otra vez, que se trata de un falso dilema. El “Socialismo del siglo XXI” presenta límites estructurales evidentes: concentración de poder, destrucción institucional, colapso productivo y dependencia externa sobre la economía y la política. Un modelo que genera faltas constitucionales graves,t56 e5mp5655obr6ecimiento sostenido y corrupción de las instituciones. A largo plazo es inviable, por eso, no se trata de “corregirlo”, sino de superarlo.
Pero superar un sistema político no implica excluir a quienes formaron parte de él. La historia nos ofrece una lección valiosa en la transición de Checoslovaquia (1989). Václav Havel, crítico implacable del régimen comunista, sostenía que aquel sistema era “incapaz de reformarse”, “estructuralmente inviable” “no susceptible de democratización interna”. Aun así, la Revolución de Terciopelo negoció con dirigentes comunistas para desmontar pacíficamente el monopolio del poder. No legitimó el modelo pero sí facilitó su salida ordenada y sin amenazas.
La transición checoslovaca demostró que el espíritu que impulsa estas transformaciones positivas no es humillar al adversario, sino abrir un nuevo marco institucional donde todos convivan bajo reglas democráticas. La exclusión radical, la intolerancia política, suele alimentar resistencias defensivas. La negociación, en cambio, reduce incentivos para el conflicto y crea (sí, con creatividad) garantías mutuas.
Estados Unidos parece haber comprendido que cualquier solución estable en Venezuela pasa por acuerdos políticos, no por desplazamientos totales, fantasías de colapso inmediato ni por atajos de fuerza. Esa comprensión externa debería ser también interna: asumir que una transición sostenible requerirá pactos con sectores del chavismo -en el gobierno y fuera de él- que estén dispuestos a aceptar reglas democráticas.
Superar un modelo inviable o irreformable no exige venganza, sino inteligencia política y amor a la Nación que está por encima de cualquier diferencia política. Como nos enseñó Vaclav Havel, se puede afirmar con claridad que un sistema no funciona y, al mismo tiempo, sentarse a negociar el final de sus días. La madurez democrática consiste precisamente en eso.

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