Irán es heredero de una de las civilizaciones más antiguas y sofisticadas del mundo. En el siglo XIII, el poeta persa Saadi Shirazi escribió el Bani Adam que dice: “Los hijos de Adán son miembros de un mismo cuerpo, creados todos de una misma esencia. Si un miembro sufre dolor, los demás no pueden permanecer indiferentes. Si no te conmueve el sufrimiento de otros, no mereces llamarte humano”. Este verso, inscrito hoy en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, refleja el profundo humanismo de la cultura persa, su poderosa afirmación de la dignidad humana y la responsabilidad moral hacia el sufrimiento del otro.
Bajo el yugo del régimen de los ayatolás, Irán ha experimentado una teocracia cerrada donde los derechos humanos y las libertades individuales son sistemáticamente aplastados. El fundamentalismo religioso ha instaurado un sistema de discriminación y opresión, particularmente contra las mujeres, a quienes se les niega la igualdad de condiciones en la vida pública, jurídica y social. Realidad que contrasta con la propia tradición histórica y cultural del pueblo iraní.
La historia iraní también ofrece ejemplos tempranos de tolerancia religiosa. En el siglo VI antes de Cristo, Ciro el Grande, fundador del Imperio persa, proclamó principios de respeto hacia los pueblos conquistados, recogidos en el célebre Cilindro de Ciro. En lugar de imponer una religión única, permitió que las distintas comunidades conservaran sus creencias y tradiciones, estableciendo principios revolucionarios para su época. Ciro relata cómo liberó a los pueblos que habían sido esclavizados y deportados por los babilonios. El ejemplo más famoso de esto fue el retorno del pueblo judío a Jerusalén. Ordenó la reconstrucción de los santuarios y templos que habían sido destruidos o descuidados en las tierras conquistadas. Devolvió las estatuas e iconos de las divinidades a sus respectivos lugares de origen, permitiendo que cada comunidad recuperara sus objetos de culto. A diferencia de otros conquistadores que imponían sus propios dioses, Ciro permitió que los ciudadanos de su vasto imperio practicaran sus religiones ancestrales sin interferencia del Estado persa.
Irán no siempre fue una teocracia. Antes de la revolución de 1979, el país atravesaba un proceso de modernización, que incluyó el derecho al voto para las mujeres, su participación en la vida profesional y política, y una sociedad urbana relativamente abierta al mundo. Aquel Irán mostraba una vida cultural y social muy distinta de la rígida estructura impuesta tras la llegada al poder del clero revolucionario y fundamentalista. Ejemplo fehaciente de esta vitalidad cultural fue la figura de Googoosh, icono mundial de la modernidad y el talento femenino persa. Su figura resonó en escenarios internacionales representando la libertad que las mujeres iraníes poseían para expresarse y brillar ante el mundo. Su legado de resistencia silenciosa tras décadas de censura por parte del régimen teocrático es un recordatorio de que la esencia de Irán no es el fundamentalismo, sino una identidad que persiste a pesar de las restricciones.
Hoy, el pueblo iraní continúa aspirando a un futuro abierto y democrático. A las tensiones internas se suman las preocupaciones regionales derivadas de la amenaza nuclear y del apoyo del régimen a grupos terroristas enemigos no solo de occidente y del estado de Israel, sino también del mismo mundo árabe, lo cual representa un factor perturbador en esa zona.
Este escenario también tiene fuertes implicaciones económicas. La inestabilidad en una región clave para el suministro energético suele traducirse en un aumento de los precios del petróleo. Para países exportadores como Venezuela, un alza sostenida del crudo podría representar mayores ingresos y oportunidades para recuperar la economía nacional y reconstruir a la Nación.
En el plano militar, las tecnologías desarrolladas por potencias como Estados Unidos e Israel buscan reducir al máximo las bajas civiles; una consideración dolorosa pero necesaria ante la posibilidad de conflictos en escenarios tan sensibles. No obstante, el verdadero desenlace dependerá de la capacidad del pueblo iraní de recuperar el legado humanista de su propia historia.
La tradición persa, desde Ciro el Grande hasta Saadi, nos recuerda que la dignidad humana es el fundamento de cualquier sociedad justa. Tal vez sea precisamente ese legado el que, tarde o temprano, vuelva a abrir para Irán el camino hacia la libertad, la convivencia y la prosperidad.

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