Algunas religiones ancestrales orientan su ascética hacia la conquista del nirvana, ese estado resultante de la liberación de todo lo que ata o esclaviza: pasiones, deseos, conciencia individual, traumas, etc. Sumirse en un absoluto de plenitud y satisfacción donde el “yo” es abaja, se anonada, se aniquila para dar paso a una plenitud de paz y felicidad. El mar de la felicidad proviene de esa aspiración mística legendaria. La máxima verdad del cristianismo, en cambio, propone un mensaje radicalmente distinto. La felicidad humana consiste en la imitación de Cristo, Dios hecho hombre que habitó entre nosotros, enseñándonos el camino humano de la felicidad expresado en las bienaventuranzas, que no son otra cosa que un canto al desprendimiento de sí mismo al servicio a los demás. Se aproxima al nirvana sin desdibujar la individualidad de la persona. Todos estamos llamados a encarnar un proyecto de vida inspirado en Cristo y las bienaventuranzas. Testimonios...
¡Acompáñame a recorrer nuestro tiempo con sentido crítico y positivo! Mercedes Malavé