
La justicia y la judicialización son conceptos que, aunque relacionados, tienen alcances profundamente distintos. Cuando clamamos por justicia en un sistema político, muchas veces nos referimos, en realidad, a una de sus expresiones más visibles: que los corruptos, los asesinos y los violadores de derechos humanos paguen por sus actos. Esto, sin duda, es necesario. Pero pertenece al ámbito de lo judicial: a procesos que competen al poder judicial y, en algunos casos, a instancias internacionales.
Sin embargo, el concepto de justicia va mucho más allá. En política, la justicia implica la construcción de un sistema completo que garantice el cumplimiento de principios fundamentales: igualdad ante la ley, alternabilidad en el poder, legalidad, y más allá, un sistema económico justo. No se trata solo de castigar a quienes han cometido injusticias, sino de construir un entorno donde todos sean realmente iguales ante la ley y puedan desarrollarse en libertad.
Venezuela necesita recuperar precisamente esa noción integral de justicia. Una justicia que asegure que nadie sea perseguido por pensar distinto, que elimine los privilegios políticos y que restituya la dignidad de los ciudadanos en todos los ámbitos de la vida pública. Reducir la justicia a la judicialización —a la idea de castigo— es, en el fondo, empobrecerla.
La historia ofrece lecciones valiosas. Nelson Mandela entendió que el fin del apartheid no podía construirse sobre la lógica de la venganza. Su objetivo no fue castigar a un grupo, sino desmontar un sistema injusto y sustituirlo por otro basado en la convivencia. Para ello, fue necesario alcanzar acuerdos incluso con quienes habían sostenido ese sistema inhumano. Mandela distinguía con claridad entre justicia y castigo: sabía que los procesos judiciales tienen su lugar, pero que la reconstrucción política exige algo más profundo.
Así, la diferencia es clara: la justicia va más allá de las condenas judiciales. Ojalá en Venezuela se entienda que la construcción de un sistema justo requiere grandes acuerdos, incluso con aquellos que hoy parecen imposibles, porque mantuvieron un régimen injusto.
Pocos meses después de los terribles atentados del 11 de septiembre de 2001, en un momento de gran tensión internacional, miedo y demandas de respuesta punitiva, el Papa San Juan Pablo II planteó una idea clave: “No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”. La justicia es indispensable para la paz, pero no suficiente por sí sola. Para reconstruir el orden moral y social, decía, es necesario también el perdón, entendido no como impunidad, sino como una superación de la lógica de la venganza.
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